miércoles, 9 de julio de 2014

Abandono

Mi hija, siempre atenta para enviarme enlaces y curiosidades que me puedan servir para escribir una entrada, me ha hecho llegar uno que contiene un recopilatorio de fotografías de pianos abandonados (http://www.entre88teclas.es/fdp/pianos-abandonados-galeria-fotografica/).
No deja de ser desoladora la contemplación de estos pianos destrozados que en su día, suponemos, cumplieron con su función dignamente. Sucede como con los cementerios de coches, que sólo parecen un montón de chatarra, cuando también tuvieron su vida y sus historias que contar.
Las he guardado y las he visto en modo presentación. Al principio sólo sentía curiosidad, como el que pasa las páginas de una revista, pero paulatinamente me fui tensando: no me gustaba lo que estaba viendo, por muy artísticas que fuesen las fotografías. Siempre me ha atraído lo decadente, los pueblos abandonados, los edificios cerrados a cal y canto, las iglesias sin techo..., pero ver tanto piano en estas condiciones, duele. Quizás sea que no todos parecen estar olvidados de manera voluntaria, sino que ha sido por fuerza mayor, guerras incluidas, y así no es lo mismo.
En la época que estuve dando clases en el conservatorio de Cádiz, recuerdo que, en un pasillo, permanecía desmontado e inservible el Steinway gran cola, como si estuviese esperando que un chamarilero pasase en cualquier momento a llevárselo. Mientras, el centro sufría la carencia de un instrumento digno para su modesto, pero lleno de encanto e historia, salón de actos. Cómo olvidar el cortinaje de terciopelo rojo y los sillones enormes de la sala, que lo mismo servía para conciertos y audiciones que para exámenes y oposiciones. Al fin, un buen día, se decidió que merecía la pena y el esfuerzo recuperarlo pues, en esencia, sólo estaba desmontado y acumulaba, además de polvo, un buen número de años. Así fue, como si de una antigua locomotora de vapor se tratara, como empezó a traquetear de nuevo para asombro de propios y extraños.
He tenido ocasión de tocarlo muchas veces, aunque ya no trabajase allí. Obviamente no quedó como salido de fábrica, pero la calidad de los materiales originales aún se notaba. La pulsación quedó algo pesada tras el arreglo, aunque ya sabemos que eso no depende del todo del instrumento sino de las manos que lo ponen a punto, y produjo algunas anécdotas, algunas graciosas y otras para no mencionar.
Pero me gustaba su sonido, antiguo, profundo, lento de elegancia. Los muchos pianistas que pasaron ante él daban su opinión, lo que me servía para conocerlos un poco más. Todos tenemos en mente las mismas escenas repetidas de quejas sobre los pianos, culpables de ciertos tropiezos, cuando también es por todos sabido que por profesionalidad tenemos que adaptarnos, sí o sí, a lo que nos caiga.
También me ha venido a la memoria mi antigua pianola, en la que tantas horas fatigué, y cuya sonoridad no he vuelto a encontrar en ningún piano de pared. Las mudanzas familiares y la falta de espacio habituales en nuestro tiempo obligaron a su marcha forzosa. Es verdad que el teclado no estaba para muchas exquisiteces, pero un arreglo adecuado la hubiese dejado con marcha para muchos años. Qué tristeza cuando supe que la habían vaciado y reducido su tamaño al de un vertical convencional. Con lo bonito que era el mecanismo interior. En fin, será cuestión de sensibilidades.
Por eso no puedo evitar acariciar levemente cada antiguo piano que me encuentro en tantos sitios, arrinconados, amarrados, cara a la pared. Son pianos y nacieron para dar felicidad, para la música y no para el silencio obligado y absurdo.

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