domingo, 1 de junio de 2014

Matrícula gratuita

A lo largo de mi larga carrera como estudiante, tanto mis padres como yo mismo pasamos por distintas etapas: primero el conservatorio de Jerez, que no era público y se mantenía con las tasas (ahora no recuerdo si eran mensuales o anuales, que era yo muy chico); y luego el de Sevilla, público pero con pago de matrícula de cada asignatura, excepto cuando mis calificaciones me eximían de ellas o eran cubiertas por la beca. Hasta ahí, poco que objetar ya que, en honor a la verdad, no eran exageradas.
El caso que quiero contar viene un poco después, cuando comencé a dar clases en este último conservatorio. Recuerdo nítidamente cómo el equipo directivo y varios catedráticos (los de antes sí que imponían), en un claustro especial, expusieron la necesidad de incrementar considerablemente la cuantía de las matrículas con un fin claro: frenar la avalancha de alumnos que se estaba acercando al centro. Tal como suena y tal como lo escribo.
Aquello rechinó en mis aún puros tímpanos, que estaba uno todavía rompiendo el cascarón, ya que yo siempre creí que los profesores querían que hubiera muchos alumnos para garantizar el futuro de la enseñanza y, cómo no, de la música. Nuestra profesión era tan minoritaria que había asignaturas que recibí de manera unitaria, y no quiero decir solo en la clase, sino que era el único alumno matriculado.
Recuerdo también la vehemencia de un profesor en concreto, quien se quejaba de que, si la cosa seguía en aumento, se corría el riesgo de convertir el conservatorio en guardería. Y yo, dale que te pego, seguía pensando que qué más daba, que sería cuestión de enseñarles música, que para eso estábamos allí, y que sería como en Rusia, que los niños por miles inundarían las casas de pianos, violines, flautas y voces, para disfrute de las familias y, en un plazo razonable, de una sociedad que llevaba con demasiado retraso este asunto con respecto a otros países.
Supongo que esto sólo se explica por mi ingenuidad. Casi el claustro al completo aplaudió la medida y, a partir del curso siguiente, el precio que había que pagar por matricularse en el conservatorio se disparó, lo que se tradujo en una desbandada masiva.
Ahora ya me estoy perdiendo porque me canso de leer noticias sobre el carterista de Educación y Cultura (o sea, el ministro que lleva las carteras, que dicho de la otra manera puede sonar un poco mal). De nuevo parece que se quieren desviar los dineros públicos para donde sea menos para un destino que, por ley, debería ser sagrado e intocable por nadie. Es muy fácil, desde su privilegiada posición, pregonar que, si de verdad se desea, las familias sacarán los medios de cualquier sitio, cuando todos sabemos que no es nada fácil cuando no imposible. Y estoy harto de oír que el que valga siempre tendrá garantizada la educación. Pero, qué pasa si el que no vale lo es de manera muy transitoria y sólo necesita un poco de adaptación. Lo digo no por nada, sino porque mis dos primeros años en Sevilla fueron de tortura continuada, de desánimo constante y de consejos de portera (o sea, vete por donde has venido), y mira tú a lo que me dedico.
Me da pena pensar que tantos años de bonanza y de avance en las ideas se están echando a perder a la velocidad de la luz, pero también me da mucha más, incluso rabia, recordar y concluir que la culpa, como casi siempre, no es de uno sólo y no es cuestión de clases, sino que 'entre todos la mataron y ella sola se murió'.

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