domingo, 6 de enero de 2013

Manos de pianista

¡Cuánto mito con las manos de pianista! Cada vez que alguien ve unas manos bonitas dice que parecen de pianista. Si contemplamos unas manos delicadas, decimos que parecen de pianista. Si los dedos de la mano son largos, decimos que parecen de pianista... No sigo porque seguro que todos tenéis la experiencia propia al respecto. Y casi seguro que muchas de las vuestras no responden al tópico.
Desde los doce años, cuando hacía deporte en equipo jugaba al voleibol. Me encantaba. Pensaba que era mejor que el fútbol, más elitista, más elegante, más inteligente (las tonterías que se pueden llegar a pensar). Era un escape fabuloso con el que, más adelante, liberaba todo el estrés y la tensión acumulada de la semana. Llegamos a formar un buen sexteto casi imbatible en la provincia, y digo casi porque los de la capital, los de Cádiz, eran realmente buenos y nos tenían (casi) siempre contra la red (lo que es la vida: resulta que una de las árbitros de aquella época, a la que ni conocí durante los partidos en varios años, se convirtió en mi adorada esposa no mucho después).
Pues bien, sólo recibía consejos catastrofistas de mal augurio sobre la posibilidad real de fastidiarme una mano (o las dos) si seguía practicando tan salvaje actividad. Y a mí sólo me sentaba de maravilla, por lo que los consejos no encontraban obstáculo alguno entre una oreja y la otra.
Es verdad que necesitamos observar unas normas básicas para no mandar al traste un dedo, pero no estoy dispuesto (de hecho no lo he estado) a vivir sin otra actividad manual que no sea sobre las teclas. Me encanta el bricolaje: esta placa de cerámica cuelga sobre la entrada de mi casa. Me gusta mucho trabajar manualmente y contemplar una obra acabada. Y sé por qué: porque con el piano nunca damos nada por terminado y siempre hay que retomar.
Hace poco leí una entrevista (que queriendo ser optimista me entristeció) a un niño de once años en la que decía que jugaba al fútbol con guantes especiales para protegerse las manos. No creo que ningún pianista conocido haya hecho cosas raras. Lo normal es vivir y llegar a viejo con las manos intactas, salvo artrosis o similar. Y si hay un percance, se arregla y listo (aunque me maree de sólo pensarlo; ¿no os gustan esos dedos rotos hacia atrás o machacados en las películas de mafiosos?).
Un pianista debe cocinar, limpiar, arreglar lo que sea, cargar bultos..., es decir, llevar una vida normal. He conocido algún que otro descerebrado (y él sabe quién es) que solía llegar accidentado cada dos por tres, pero era de puro nervio y pura prisa (incluidos los cortes del cuchillo jamonero que tanto tendón se ha llevado por delante).

Hoy, simbólicamente, quiero invitaros a un trocito de ese Roscón de Reyes (cuya receta he seguido de esta magnífica página) que ha sido amasado pacientemente, decorado con primor (naranjas confitadas incluidas) y horneado a pie de cañón por este vuestro servidor, con sus manos de pianista, y devorado con fervor ansioso entre la cena y el desayuno. Una delicia.
Igual otro día os cuento más habilidades de las manos de pianista.
¡Feliz día de Reyes!

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada