domingo, 29 de diciembre de 2013

Nosotros mismos

Nadie, nunca, salvo mi muy querida excepción, sin quien nada hubiera sido posible, me contó de qué iba esto. Y en esto incluyo, además del piano, la vida en general, por resumir.
A día de hoy sigo sin entender por qué no se han definido unas pautas generales que permitan a cada persona realizarse como tal. Bueno, que no lo entienda no significa que no sepa, o imagine, que no interesa que cada ser humano sea libre y disponga de su vida para cumplir sus sueños, porque, de ser así, apañados estaban los que se aferran a la poltrona y que sólo la sueltan cuando ya comienzan a comérselos los gusanos (es que tengo el espíritu navideño un poco subido).
A mis cincuenta y dos años sigo comprobando que ni el sistema educativo ni el entorno familiar, con honrosas excepciones, claro está, enfocan sus directrices para que un ser inocente y con su libro aún en blanco vaya despejando su camino gracias a las experiencias del género humano. Es más, lo  habitual es seguir repitiendo los mismos errores, los mismos comportamientos, sin que nadie se atreva a romper estos esquemas diseñados durante siglos para perpetuar las diferencias. En nuestro terreno musical, me duele cómo el mimetismo se ha instalado en las aulas, constituyendo un verdadero escándalo que un profesor decida airear a sus alumnos e insuflarles optimismo, vitalidad y seguridad.
Cada vez que levantamos la tapa del teclado, queramos o no, toda la enseñanza y todos los recuerdos que la rodean, acuden automáticamente a nuestra cabeza. Los afortunados que crecieron en manos de una mente sana, no sin esfuerzo, habrán logrado que tocar el piano sea algo natural a su persona y que el trabajo sólo consista en aumentar el repertorio o, si así lo deciden, en mantenerlo, que también cuesta lo suyo. El resto, demasiados, sólo sobrevive justo por lo contrario, por tener echada la llave en la cerradura y usar la caja armónica como mueble-bar.
Se acaba el 2013 y no soporto tener que decir ¡por fin!, porque, si aún no nos hemos dado cuenta, también es una año de nuestra vida. Da igual la edad que tengamos como también lo da el nivel pianístico. Desde ahora mismo, sin esperar a las campanadas para enumerar unos propósitos utópicos, tenemos que decidir y creernos que somos seres autónomos, con valor por nosotros mismos, sin comparaciones ni distinciones. De todo aquello que decidamos, que emprendamos, que elijamos y que soñemos, nadie tiene la más mínima autoridad para truncar ni entorpecer nuestro camino. ¿Quién decide lo que podemos o no hacer? ¿Quién tiene potestad sobre nosotros? ¿Quién va a fastidiarnos el día que echemos la vista atrás?
Tomemos las riendas, una buena bocanada de aire, apretemos los dientes y adelante. Es nuestra vida y ¡ay de aquél que se interponga en nuestro camino!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Con o sin luz

El pasado jueves toqué con mi hija en Córdoba un concierto más con Imágenes para El Principito. Sin esperarlo, el organizador, un hombre encantador y dispuesto a más no poder, había grabado en un DVD una sucesión de dibujos, los mismos con los que el propio Antoine de Saint-Exupéry ilustró su relato. Para que la proyección se apreciara mejor, decidimos dejar la sala casi a oscuras y recurrimos a sendas lámparas de pie para poder leer la partitura y, de paso, ver las teclas. El ambiente que se creó fue mágico y la concentración absoluta, tanto nuestra como por parte del público.
Esta situación me hizo recordar otra vivida en el concierto que Sviatoslav Richter ofreció en Marbella en 1990. En el programa de mano hacía un alegato a favor de tocar con partitura, algo que ya comenté en una entrada anterior sobre la memoria. En otro párrafo continuaba explicando por qué tocaba con poca luz. El texto, traducido, era el siguiente:
"No es por mí, ni tampoco por esas misteriosas razones que me atribuyen y que varían según la idea, malévola o halagadora, que de mí quieran hacerse: sencillamente, es por el público. Vivimos en una época de 'voyeurismo' y nada hay más funesto para la música. El movimiento más o menos rápido de los dedos, la gesticulación del rostro, no son en absoluto el reflejo de la música sino del trabajo sobre ella y en ningún caso ayudan a su mayor o mejor comprensión; las ojeadas sobre la sala y los espectadores son obstáculos para la concentración del auditorio cuya imaginación se ve desviada de la música y su intérprete. La Música debe llegarnos siempre pura y directamente.
Con mis mejores deseos y la esperanza de que la oscuridad favorezca el recogimiento, ¡nunca el sueño!"

En cierta manera, es como si nos colocásemos los auriculares y cerrásemos los ojos. No hay forma mejor de oír y sentir de verdad. De hecho, cuando llegamos a los teatros, las luces nos permiten ver a los conocidos y cotillear un poco. Al apagar las lámparas y quedar sólo el escenario iluminado, nuestra atención se enfoca con precisión en el objeto de la velada.
En casa me ocurre lo mismo y creo que a todos nos puede pasar por utilizar lámparas de pie o de mesa apoyadas en un lateral del piano. La habitación desaparece, y con ello toda distracción, y nos metemos en otro universo del que salimos como hipnotizados.
Y todo esto coincidiendo con otro regalito más de nuestros antidemocráticos prebostes, cuya empatía con la sociedad roza la psicopatía, y que nos quieren devolver a la oscuridad de las cavernas. Más nos vale ir practicando a ciegas porque encender una bombilla va a convertirse en un acto suntuoso.

Y ahora, aprovechando el espléndido sol que luce, os deseo unas muy Felices Fiestas. "Disfrutemos el presente, que es todo cuanto tenemos" (Marco Aurelio). 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Escalas

Empezaré diciendo que Daniel Barenboim, en una biografía que leí hace tiempo, reconoce no haber practicado escalas en su vida, ni falta que le hace. Pensé que no se podía ser más chulo. Pero después, como siempre me ocurre tras dar un par de vueltas a una idea, vislumbré que igual el mensaje no había que despreciarlo sino, más bien, analizarlo.
¡Que levante la mano el que no haya hecho escalas alguna vez en su vida! Efectivamente, nadie. Nada más tener un primer contacto con el teclado, cuando ya podemos poner las dos manos y los deditos van tomando conciencia individual para dejar de ser meros muñones, nuestros queridos enseñantes comienzan a 'mandarnos' como tarea el ejercicio citado. Primero despacio y poco a poco tomando velocidad. Un par de octavas y luego cuatro. Y cuidadito con mirar el teclado en el paso de pulgar.
Recuerdo una etapa un tanto extraña al final de mi carrera en la que, sin saber muy bien por qué, las escalas tomaron un papel protagonista, como si de ellas dependiera el futuro de todos los alumnos. Fue una manera más bien tonta (y por supuesto inquisitiva) de medir la capacidad de cada uno. No se libró ni el Tato. Escalas ascendentes y descendentes en todas las tonalidades, mayores y menores. La velocidad nunca fue suficiente y, si querías correr, como se perdía algo de claridad, a empezar otra vez. Si una mano hacía un regulador creciente, la otra debía hacer justo lo contrario. Si una tocaba ligado, la otra picado. Incluso practicamos el politonalismo.
Un compañero que iba dos o tres cursos por detrás llegó a tomárselo tan en serio que su jornada diaria comenzaba con cinco horas dedicadas a tan tediosa faena. ¡Cinco horas! Y después tenía que seguir con el programa... Hoy se dedica a dirigir pero no a tocar.
El colmo fue que los famosos exámenes de escalas (...), que podían haberse convertido en un rato distendido, casi como una convivencia o unos ejercicios espirituales, estuvieron cerca de convertirse en trauma existencial. Cuando todos lo encontrábamos divertido, más y más cada vez que alguno tropezaba y dale que te pego, se nos congeló algo más que la sonrisa al recibir los resultados en forma numérica con los enteros seguidos de tres decimales. Llamar a esto surrealista sería darle sentido. Inexplicable. Sólo nos faltó organizar un concierto monográfico.
Con el tiempo he seguido practicándolas de vez en cuando pero, lógicamente, como calentamiento o como pequeño ejercicio tras unas vacaciones. Y descubrí que también podía calentar y recuperar con obras de verdad, fáciles o difíciles. Te sientas, te pones a tocar y los músculos a lo suyo. Imagino que por aquí iba la frase de Barenboim. Si mal no recuerdo, aclaró que la mayoría de las obras que toca y estudia ya contienen suficientes elementos 'gimnásticos' como para perder el tiempo en pamplinas.
Que no digo yo que sean perjudiciales para la salud, en absoluto, pero como todo, con moderación. Los excesos siempre se pagan y éste sólo sirve para las academias de mecanografía.
  

domingo, 15 de diciembre de 2013

"Tengo pupa"

Esta mañana estaba bajando una persiana con mi hija, de esas metálicas grandes que se atascan al final y hay que darle un último y fuerte empujón. Imagino que, mientras yo contaba el 'un, dos, tres' en semicorcheas, ella lo hizo en corcheas, lo que nos ha llevado a un pequeño y leve percance (a Dios gracias). Su dedo meñique ha sufrido un ligero aplastamiento y la uña se ha levantado un poco, lo que ha originado la presencia siempre alarmante de sangre. Entre su mirada de dolor y su reacción expectante, los dos hemos tenido el mismo pensamiento: menos mal que ha sido la mano derecha, la del arco. Puede dar una baja para dicho meñique tranquilamente. El de la izquierda hubiese sido otro cantar.
Esto me ha hecho recordar antiguos sucesos relacionados con las manos (que todo el mundo da por hecho que deben estar aseguradas). La primera vez que estuve a punto de perder la mano derecha (no exagero), era yo muy crío, poco más de seis años. Estaba en la calle, que era casi campo, jugando con unos amigos cuando decidimos rellenar con piedras un hueco que había en la tierra. Sin táctica previa, nos turnábamos para lanzar cada uno una roca, dado el tamaño y el peso. Todo iba bien hasta que menda, en su afán perfeccionista (genio y figura), no tuvo mejor idea que ponerse a ordenar aquella pequeña cantera para que el trabajo no fuera en balde (¿era necesario realmente?). Sin tiempo para reaccionar, mi mano desapareció bajo un canto descomunal. Cuando mis amigos salieron del trance que les produjo mi grito y pudieron ayudarme, comprobé con horror un enorme bulto entre el pulgar y el índice, adornado de minúsculas gotitas rojas. No hizo falta ambulancia pues ya iba yo llorando como un verraco (no lo dudéis, se escribe con uve) hacia mi casa. No sé si fueron uno o los dos metacarpianos los que se habían salido de su sitio y fracturado, pero, como eran aún de tallo verde, me los colocaron en su sitio y me pusieron una escayola para poder fardar en el colegio.
Tres semanas antes de mi examen de octavo, fin de grado medio, trabajaba tras la barra de una caseta de feria que habíamos montado los del instituto para ayudar al viaje fin de curso. Desde ese día, cada vez que uso un abrebotellas, me aseguro de hacerlo despacio y con cuidado. Aquél estaba atado con una cuerda demasiado corta y yo, en vez de acercarme la botella, quise forzar tirando un poco más. Error. Rompí el gollete de cristal y, a su vez, corté mi pulgar derecho por la mitad. Tiene narices que el primer pensamiento fuese para el piano. Mi aún buen amigo Antonio arrancó su moto, una Bultaco estruendosa, y me depositó en la caseta de la Cruz Roja en cuestión de segundos. Yo no hacía más que repetir a las enfermeras que era pianista, a lo que me respondían que ellas eran enfermeras (la incredulidad siempre por delante). La suerte quiso que no afectara a ningún tendón y, mucho mejor aún, que no fuera necesario dar puntos de sutura. Lo primero que hice al llegar a mi casa fue sentarme delante del piano para comprobar que podía tocar... De recuerdo me ha quedado la cicatriz.
Durante mis buenos años de jugador de voleibol, tuve que aguantar las reprimendas de mi profesor por temor a que pudiera fracturarme algún dedo, algo bastante posible en este deporte. Como el beneficio que me producía era muy superior al riesgo, jamás le hice caso y a lo más que llegué fue a pequeñas inflamaciones de esas que te hace el balón cuando viene cual bala de cañón y te encastra los dedos en el codo. Poca cosa (a no ser que estén de por medio los Estudios de Chopin).

P.S.: Me acabo de marear buscando en Google imágenes de dedos rotos. ¡Ni se os ocurra!

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Crecimiento auténtico

"Su rostro, de un dorado marfileño contra el difuso crepúsculo que pugnaba por dejarse ver a través de la lluvia, encerraba una promesa que Dick veía ahora por primera vez: los pómulos salientes, la ligera palidez, más fresca que febril, hacían pensar en un potro de raza en el que ya se percibían las formas del futuro caballo, un ser cuya vida no prometía ser únicamente una proyección de la juventud sobre una pantalla cada vez más gris, sino un proceso de crecimiento auténtico. Ese rostro seguiría siendo hermoso al llegar a la madurez, y sería hermoso en la vejez, porque tenía todo lo esencial: el dibujo de los rasgos y la estructura ósea."
(Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald).

Esta misma mañana estaba releyendo este párrafo porque no he podido dejar de trasladarlo a nuestra profesión. Creo que podemos aprender un par de cosas:
La primera, que en la mayoría de nosotros, desde muy pronto, de niños quizás, ya se podían observar unas cualidades que han permanecido a lo largo de los años porque tenían todo lo esencial. Al igual que comentamos el sonido característico de tal o cual pianista, rara vez pensamos en nosotros mismos como poseedores de algunas diferencias. A veces, al escuchar grabaciones propias de hace más de treinta años, me reconozco tal cual soy. Es cierto que cambian aspectos superfluos y profundos, sería absurdo negarlo, pero el yo de cincuenta y dos años ya estaba presente en el de trece.
Por eso perderé la voz gritando a todos y cada uno de los profesores de música (y en realidad de cualquier materia) que se paren con cada alumno un poco más para conocerlos, para simplemente 'verlos' y así poder apreciar las virtudes y cualidades que ni siquiera ellos saben que poseen y poderlas desarrollar y sacar a la luz. Cada alumno encierra una promesa.
La segunda es algo más profunda y tiene que ver con un ser cuya vida no prometía ser únicamente una proyección de la juventud sobre una pantalla cada vez más gris, sino un proceso de crecimiento auténtico. Aquí tuve un ligero estremecimiento. Realmente es un asunto estrictamente personal y cada cual es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana, pero la potencia de este pensamiento no puede ser pasada por alto. Tenemos la obligación de crecer y no estancarnos en esa pequeña cima a la que logramos ascender con esfuerzo un día ya lejano, pues el peligro radica en que nuestra luz se irá apagando poco a poco, imperceptible pero inexorablemente.
Si somos valientes, lograremos ese crecimiento auténtico con la sencilla premisa de creer en nosotros mismos. Parece fácil y no lo es, aunque debería serlo. Sólo depende de nosotros y de nadie más. Por eso es tan importante que nos conozcamos y que no dejemos que nadie nos haga daño, ni nos haga dudar, ni nos tambalee y, ni mucho menos, nos derrumbe.
Así seguiría siendo hermoso al llegar a la madurez, y sería hermoso en la vejez.


domingo, 8 de diciembre de 2013

Tirar la toalla (II)

Seguro que muchas personas nos han comentado que dejaron de estudiar piano por razones diversas. La mayoría de las veces era porque, al ir pasando de curso, el nivel se volvía cada vez más exigente. Otras por falta de tiempo para acudir al instituto o a la universidad. Otras porque era incompatible con las salidas y la diversión propias de la edad. Y, por desgracia no pocas, debido a la desmotivación de los profesores, por decirlo de una manera educada.
Cada vez que escribo, intento que no sea de oídas, sino que todo lo que cuento sea algo personal, la única manera que conozco para que sea medianamente interesante y, sobre todo, veraz y creíble. Por eso me gusta mencionar mis vivencias, porque sé que muchas son comunes.
Como yo estudiaba en el Conservatorio de Jerez de la Frontera, que era elemental, tuve que realizar quinto y sexto por libre (del Plan del 66, cuando grado medio iba desde quinto a octavo). En vez de continuar en Cádiz, relativamente cerca (entonces no existía el puente que cruzaba la Bahía), mi profesor, don Joaquín Villatoro, decidió que haría los exámenes en el superior de Córdoba, saltándonos a la piola el de Sevilla.
La primera vez que acudimos al tribunal, con doce años recién cumplidos, la recuerdo vagamente. Me viene a la memoria más claramente el examen de Conjunto Coral que el de Piano, ya que, de todo el repertorio que llevaba preparado, los señores catedráticos decidieron que no servía ninguna pieza, por lo que no tuvieron mejor ocurrencia que imponernos (mi hermano mayor también iba en el lote) unas obras nuevas a primera vista. Claro, que no sabían con quién se las estaban viendo. Otra cosa no, pero a lectura y a entonación no me ganaba nadie. Así que, su boca se quedó más abierta que la mía cantando.
En el mes de junio del año siguiente, el examen era de sexto de Piano. Éste sí lo recuerdo mucho mejor, sobre todo por los daños colaterales. El bueno de Rafael Quero, jovencito todavía, no tuvo otra ocurrencia que la de pedirnos, para calentar, una escala, la que quisiéramos (reitero el plural anterior). Mi hermano sufrió una especie de parálisis mental, comenzó a sudar, miró a mis sufridos padres y les dijo que ahí terminaba su relación con la música. Y hasta hoy. Cada vez que recuerdo este episodio me acuerdo de otra ocasión en la que lo acompañé al dentista y, al escuchar desde fuera sus gritos, sentí pánico por simpatía, como los armónicos.
Cuando llegó mi turno, que fue enseguida pues no hubo forma humana de convencerle de que tocara incluso sin la dichosa escala, me miró y me pidió lo mismo: una escalita. Yo flipo conmigo mismo. Calladito, buenecito y responsabilito, pero con más agallas, llegado el momento, que el caballo de Espartero. Fue como tirarse de un trampolín. Te pones en el borde, miras hacia abajo, te entran ganas de dar media vuelta pero algo en tu interior te dice que puedes, que no pasa nada. Y así fue. Sol mayor, ni frío ni calor, pero muy cómoda para el cuarto dedo. Hacia arriba, cuatro octavas, y hacia abajo otras cuatro. Después vino el examen propiamente dicho, hasta el final y listo (no hay que olvidar el pánico por simpatía).
Como se suele decir, salvé la honra familiar. Cuando oí a mi hermano decir que abandonaba la carrera vi las puertas abiertas: ¡yo también, yo también! Desde entonces sé lo que es y cómo funciona el chantaje emocional. Obviamente, tuve que ceder en mis reivindicaciones. Lo que no sabía es que este incidente puntual iba a ser una pamplina con respecto a mi nuevo horizonte: el Conservatorio de Sevilla. Pero eso es otra historia.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Paraíso

La luz de la tarde se colaba dorada por la ventana, iluminando la partitura. Pocos momentos hay más mágicos en el día. Tras haber pasado la mañana entre mil asuntos y sintiendo que me faltaba algo, me senté al piano para comenzar a desmenuzar nuevamente una obra hace mucho aprendida: el opus 118 de Brahms.
Sin darme cuenta, perdí la noción del tiempo, incluso la del espacio. Las notas me iban atrapando y mi cabeza se iba cerrando al mundo exterior para abrirse a otro universo. No sé si puedo describir con palabras esta especie de traslación.
A la vez iban acudiendo toda esa cantidad de recuerdos de tantos años (comencé a estudiarla a los catorce años, en 1975). Desde las clases a los conciertos, desde las audiciones a los concursos. Y presidiendo mi estudio, el magnífico retrato del compositor amado. Cada una de las seis piezas con su carácter, con su historia, con su dificultad, con su pasado. Y las manos a lo suyo, intentando limpiar las telarañas.
Pero había algo más. Sin apenas esperarla, apareció como un enorme regalo: era la felicidad. Desaparecieron todos los ruidos mundanos. Sólo tenía ojos y oídos para Brahms. Y consciencia plena. Su música iba llenándome cada vez más. Lo que yo pienso que él imaginó estaba ahí, al menos eso creo. Es la explicación que encuentro.
Realmente, si existe un paraíso, ésta debe ser la sensación que produce. No quería parar, no quería salir de ese estado. Notaba cómo una fuerza, que no siempre acude cuando la queremos, me invadía reluciente. Más que fuerza era energía, la que necesitamos a diario para seguir con nuestro camino.
Todo cobró sentido, una vez más. Nos cuentan una y otra vez que hay que estar muy loco para vivir por y para la Música, pero eso lo dicen quienes no han conocido esta emoción. La cordura en su máxima expresión es la que tienes al constatar que tu vida es plena, que has acertado. Ni nos prepararon para los momentos difíciles, para los largos desiertos, ni tampoco lo hicieron para los buenos, los mágicos, los sublimes.
Hoy escribo la entrada número doscientos. En todas y cada una de ellas quiero buscar y mostrar el sentido de nuestra existencia como pianistas. Tocar el piano no es una exhibición circense, no es un trabajo más, no es un castigo (al menos no debería). Pero si no nos paramos en seco a poner en pie este todo en el que nos movemos y logramos que el esfuerzo casi infinito que realizamos tenga un claro fruto, será muy difícil que salgamos indemnes. No sólo es posible sino que es mucho más fácil de lo que creemos. Y nosotros mismos tenemos la llave. Nadie más. Por eso no debemos pasar la mitad de nuestra existencia esperando que alguien ajeno nos conceda algo que ni tiene ni le pertenece.
Vuelvo a citar a Almudena Grandes: "La alegría hace fuerte. No existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría".

domingo, 1 de diciembre de 2013

Y yo también...

Ha vuelto a suceder: estaba mi hija haciendo publicidad de la nueva gira con su Orquesta de Cámara de Mujeres Almaclara, cuando su interlocutor exclamó alto y claro 'yo también soy violonchelista'. Ella mostró amablemente su grata sorpresa y le hizo la típica pregunta de indagación a lo que, con todo su orgullo, le respondió que estaba en tercero de grado elemental.
Claro, si soy consecuente con lo que llevo escrito hasta hoy en mis 199 entradas, así tendríamos que responder todos. Si toco el instrumento, me convierto inmediatamente en un intérprete. Lo único que ocurre es que todos sabemos que ni es así ni es tan simple.
Casos similares que han provocado mi sonrisa he tenido muchos en tantos años. Basta que acudas a cualquier reunión ajena a la música (muy recomendable, por cierto, que hay que airearse), para que, al ser presentado como pianista (no digo ya concertista) alguna voz surja, igualmente alta y clara, erigiéndose automáticamente en colega. Reconozco que no tengo ningún problema al respecto, es más, me producen hasta una pequeña envidia al contemplarlos tan inconscientes y seguros de sí mismos. Lo embarazoso de la situación viene cuando el/la protagonista comienza a enumerar sus méritos y casi siempre sobran dedos de una mano para contar los años de estudio.
Un gerente de una importante orquesta comenzó a valorar su puesto en función de sus conocimientos musicales, consistentes en tres años de Solfeo y dos de Clarinete. ¿Realmente era necesario sacarlos a relucir? Me estaba contratando como solista y él se regodeaba en su amplia butaca. Ni yo le había preguntado al respecto ni necesitaba saberlo.
En otra ocasión, una joven amiga venía de ganar un concurso infantil con todas las bendiciones, tribunal incluido. La niña prometía y era un buen estímulo de los que siempre estamos necesitados. Claro, quizás su madre no contaba con que yo también estuviera recién llegado con un flamante primer premio de otro concurso, a lo mejor un pelín más complicado (y ya tenía varios más acumulados). Su alegría dio para que saliera por su boca la expresión 'mi niña ya es como tú'. En estos casos coloco mi media sonrisa, muevo la cabeza de arriba a abajo repetidamente y me quedo mudo, por si acaso. A ver, que yo me alegraba mucho por ellas, pero es que había todavía un abismo.
A veces te ponen en el compromiso las parejas respectivas, o sea, que el susodicho ni pía pero su media naranja lo cuenta a boca llena. Exagera el mérito, iguala la profesión e incluso supera la calidad. Uno se queda expectante pensando que va a conocer a su futuro maestro y pasa a la decepción, nuevamente, cuando te enteras de que su repertorio habitual lo componen Bertini, Cramer y Hanon.
En fin, anécdotas como estas recuerdo a puñados, pero nunca se me quitará de la cabeza el forcejeo (que ya conté hace tiempo) entre una cualificada sindicalista, esposa de un senador, que durante una barbacoa dada por unos amigos comunes fue incapaz de admitir que yo podía ser pianista y mucho menos vivir de ello.
¡Lo que hay que aguantar!

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Escuela bolera

Durante muchos años me he preguntado de dónde vendría la expresión "ir de bolos". Como muchos giros que aceptamos comúnmente, proviene del teatro (origen de pros y contras para los músicos que pisamos los escenarios). Habitualmente se decía cuando una compañía estable de la capital emprendía una gira por provincias, lo que incluía a menudo muchos pueblos de relativa importancia. El caso es que contaran con un teatro o un casino en el que poder actuar, para que la agenda del empresario, y a la vez la de los actores, estuviese lo más completa posible.
Imagino que el símil es fácil de aplicar a la música. Imaginemos a la Orquesta Nacional de España en ruta por esas autovías de Dios. El trabajo estable lo da la sede y su programación semanal. Lo demás puede ser considerado un extra con el que aumentar la soldada.
Quiero recordar lo más asépticamente posible los conciertos a los que asistí durante mi etapa de estudiante en Sevilla, a los que acudíamos los alumnos con ansia de conocer y presenciar en directo lo que sería, con toda probabilidad, nuestro futuro. No sólo la Nacional, de la que recuerdo con nitidez la Primera de Mahler dirigida por López Cobos, con siete trompas tronando, sino las que provenían de otros países, en especial de la antigua U.R.S.S., insuperables en perfección.
Yo creo que esto no eran bolos. Eran giras en condiciones, realizadas con ganas y al máximo nivel.
Cuando a finales de los ochenta y en los noventa comenzó el florecimiento de escenarios (auditorios gigantescos y nuevos teatros) así como de agrupaciones sinfónicas, todo ello bajo el auspicio de nuestros más que fotogénicos políticos, llevó parejo el intercambio frecuente entre autonomías y provincias. Así, era frecuente comprobar cómo un mismo programa de temporada era exhibido en distintas capitales un día tras otro. Y parece que esto está bien. Sólo tengo una pequeña pega. Las veces que asistía a escucharlas, solía salir con una sensación extraña. Era como si, sin poder poner demasiadas pegas, aquello no hubiera acabado de estar a la altura, al menos a la que yo esperaba. Como si se bajara el listón por suponer que el público sería menos exigente.
Poco a poco, por llevar el tema un poco más cerca de nuestro oficio, la máxima que siempre me ha guiado de que cada concierto es único y que por mí no quede, ya puede ser en un establo que en el Auditorio Nacional, observé que no era contemplada tan estrictamente por demasiados intérpretes. Desde lo más alto a lo más cercano. Entonces, la palabra 'bolo' empezó a sonar como algo despectivo, como si quien estuviera tocando lo hiciera a medio gas y sólo por la pasta. Los comentarios similares a 'total, para los que van a ir', o 'allí nadie se va a enterar de nada', o 'para lo que pagan', o 'quién va a venir que pueda juzgarnos' ..., cada vez fueron en aumento. Esto conllevó una disminución de la calidad en la interpretación y una consecuencia jamás evaluada: el público comenzó a enfriarse porque cada vez disfrutaba menos con el concierto. A su vez, los encargados de programar desviaron la atención hacia espectáculos más populares, de gran rentabilidad política.
Conclusión: una extensa red de músicos boleros ofrecían sus servicios por doquier con una calidad más que dudosa, apagando la débil llama que iluminaba el camino a seguir.
Sigo convencido de que hay que ofrecer lo mejor de uno mismo para que la música de los grandes suene a lo que debe. Esto supone más estudio y más sacrificio, pero no os quepa ninguna duda de que la recompensa será mucho más grande.

domingo, 24 de noviembre de 2013

¡Mamá, quiero ser artista!

No hace mucho tiempo, quince o veinte años quizás, tomar la decisión de dedicarse al artisteo y vivir de él era, como poco, infrecuente. Esto era más una afición que una profesión y sólo esa mínima parte de la sociedad que frecuentaba la mala vida podría tener algún interés en tirar por la borda los esfuerzos paternos para que el niño o la niña fuesen personas de provecho.
Si echamos la vista un poco más hacia atrás, prácticamente la totalidad de los artistas se podían definir como pecadores con pasaporte directo al infierno (que debe estar de lo más ambientado). De hecho, casi todos pasaban por vagos y maleantes, es decir, gente sin oficio.
Puede parecer que los músicos tenían una especie de salvoconducto ante la ley ya que, al menos en teoría, tocar un instrumento requería una buena dosis de estudio. Es verdad que dentro de este saco habría que crear como una escala con la que se podría dibujar una pirámide, en cuyo vértice superior, cómo no, se situarían los clásicos, la élite. Pero no es de esta 'tontería' de la que quiero escribir hoy.
Elegir ser artista incluye muchas parcelas para las que la sociedad actual aún no está preparada. Hablo de sociedad en el sentido de admitir que esto sea un profesión completa, que no necesita de complementos, de que nadie se asuste ni sorprenda cuando somos presentados como músicos, que nuestras abuelas no saquen el rosario invocando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, cuando se enteran de a qué pensamos dedicarnos y un largo etcétera.
Gracias a la televisión, muchos jóvenes son presa de un fervor repentino por esta vida. Yo recuerdo cómo en los años 80, la serie Fama logró aumentar significativamente la matrícula en los conservatorios y en las escuelas de danza. Hoy el tirón lo tienen los cientos de programas concurso que se nutren de miles de principiantes ilusionados de usar y tirar, así es el mercado.
Pero yo siempre oí que esto del piano era distinto. A mucha gente, cuando se le pregunta qué le hubiera gustado hacer en la vida, responde que tocar el piano. Es verdad que tenemos, en proporción, el mayor número de aficionados con respecto a cualquier otro instrumento. Esto obliga, ya que el nivel de exigencia ha crecido, a mantenerse a base de estudio, no hay otro secreto.
Cuando se levanta el telón, se apagan las luces de la sala y el escenario toma brillo, el público queda cautivado mágicamente, incluso antes de oír siquiera una nota. Lo que venga después dependerá del arte y buen hacer de cada uno, obviamente. Lo que casi nadie puede imaginar es el camino recorrido hasta llegar a ese instante. Mucho esfuerzo, mucho sacrificio, mucha tensión, mucha inversión, muchas privaciones..., mucho de todo. Y aquí llegamos a lo interesante. Cuando se ha caminado a conciencia, paso a paso, se han seguido los consejos recibidos y se ha hecho la tarea a diario, año tras año, alcanzamos un objetivo, loable en sí mismo. Pero todo ese largo peregrinaje toma sentido sólo si la música la tenemos dentro sin mirar ninguna otra faceta. Hay algo que no tiene explicación y que nos pertenece en exclusiva de manera individual.
Lo que a día de hoy no consigo explicarme es por qué la mayoría de artistas se consideran tales por el mero hecho de actuar ante el público, y los pianistas tenemos que agarrarnos siempre a la sexta acepción del diccionario de la RAE: persona que hace algo con suma perfección. Así, tenemos el disfrute un poquito más alejado que los demás.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Maldito parné

Recordaréis que, en 1809, Beethoven logró estabilizar su independencia musical gracias a la ayuda de sus más ricos admiradores: el Archiduque Rodolfo, el Príncipe Lobkowitz y el Príncipe Kinsky. El acuerdo fue para que no abandonara Viena pero también para que la economía dejara de ser una preocupación. Poco tiempo después hasta llegó a los tribunales para defender este pacto, tan importante era para él pensar sólo en la música.
Algo parecido le ocurrió a Prokofiev. Tras la Revolución Rusa de 1917 decidió alejarse de los conflictos (por resumir). Durante catorce años estuvo dando tumbos por América, Alemania y Francia. Cansado y nostálgico a rabiar, no dudó en aceptar la invitación del gobierno soviético para volver e instalarse en Moscú a cambio de no tener que volver a preocuparse por su manutención. Sólo le interesaba una cosa: la Música. Quería dedicar toda su energía a componer y así fue, aunque tuviese luego los problemas propios con la censura, al igual que Shostakovich.
Cuando la motivación principal para un artista es la económica, pienso que tiene muy difícil el llegar a estar satisfecho, pues no hay límite. Nunca tendrá suficiente. Y hasta estoy convencido de que se convierte en peor persona lo que, al menos a mí, me lleva a despreciarlo como artista.
Por desgracia, hoy todo se mide por la cantidad y no por la calidad. Durante muchos años he oído que en España se pagaba excesivamente a las primeras figuras, mucho en comparación con otros países de tradición melómana. En tiempos de vacas gordas, los palurdos que manejaban el dinero público no dudaban (y no dudan todavía) en pagar lo que fuese necesario y mucho más con tal de colgarse la medalla y hacerse la foto al lado de tal o cual nombre internacional.
La pena es que este despilfarro sistemático no ha servido absolutamente para nada. Ni se ha creado escuela, ni se ha creado afición y ni siquiera ha beneficiado a los músicos nacionales. De siempre pensé que con lo que se pagaba por una aparición estelar en una sola noche se podía financiar una temporada completa de conciertos de pequeño formato (solistas y música de cámara) en el mismo sitio. Y, por supuesto, tirando de cantera y de veteranos, que la música iba a seguir sonando estupendamente.
Dedicarse a esta profesión siempre ha contado con el sambenito económico, más si tenemos en cuenta la comparación con los músicos de otros estilos, que mueven cantidades ingentes de público. He tenido compañeros que han renunciado al concertismo sólo por dinero. Si nada más empezar (y después también) se fija un precio demasiado elevado, lo normal es que nadie te contrate. Esto, con el tiempo, me ha llevado a pensar que, más que una razón, era una excusa para ni siquiera intentarlo.
La vida del artista siempre ha tenido mucho de vocación, lo que no obsta para que haya que comer al menos tres veces al día y tener un techo bajo el que guarecerse y estudiar. Igual estaría bien poder dejar de pensar en todo esto (por soñar un poco) y dedicarse y preocuparse sólo de tocar, como si fuera por gusto. Eso significaría que podríamos plantearnos cualquier proyecto, que trabajaríamos seguramente dos y tres veces más, que no pararíamos, que no tendríamos límites y que seríamos ilimitadamente productivos.
Seríamos todos inmensamente ricos pero de verdad, no los del dinero, sino los satisfechos, los contentos, los alegres.
Es tan triste que sólo nos mueva el dinero... Si ya lo decía Séneca: neminem pecunia divitem fecit (el dinero no ha hecho rico nunca a nadie).

domingo, 17 de noviembre de 2013

Pesadilla hecha realidad

Me ha mandado mi hija el enlace a un video que es probable que conozcáis, pues ya tiene muchas visitas. Es toda una lección de María Joao Pires al comienzo de un concierto (o quizás sea un ensayo con público). En el momento en que la orquesta Concertgebouw, al mando de Ricardo Chailly, acaricia los primeros compases del KV 466 en Re menor de Mozart, ella se da cuenta de que no es el que trae preparado. Lejos de detener la música y tras una breve negociación (el director sonriente y confiado, y ella con unas caras que no tienen descripción y es mejor verlas), la Pires comienza a tocar con un sonido impresionante y su pulsación característica.
¿Somos capaces de ponernos en su lugar? La respuesta debería ser afirmativa pero mucho me temo que todos habríamos entrado en pánico, nos habríamos levantado a pedir al director que frenase en seco, habríamos culpado al sursuncorda y, lo más probable, en vez de intentar adaptarnos habríamos exigido que fuese la orquesta la que cambiase los papeles. Me apuesto lo que queráis.
Para mí, la actitud adoptada por la idolatrada pianista es todo un acto de valentía, de pundonor, de responsabilidad y de grandeza. Chailly comenta en el video cómo parecía que ella había recibido una descarga eléctrica. ¿Imagináis el chutazo de adrenalina? Justo en ese momento es cuando la cabeza, tras el susto inicial, tras la impresión, realiza un escaneo frenético buscando el asidero al que hay que agarrarse.
Está claro que hablamos de un referente en cuanto a Mozart, pero eso de recomponerse en cuestión de segundos no es cualquier cosa. El año pasado dediqué una entrada a las pesadillas musicales, que nos alegran el sueño con una serie de situaciones difíciles e imposibles con un realismo tal que el corazón se acelera igual que si estuviésemos en la cama con la niña del Exorcista. Pero eran eso, pesadillas. Esto sí es real.
La lección que podríamos sacar de esta situación es muy sencilla: realmente todos seríamos capaces de hacerlo si nuestra cabeza estuviese lo suficientemente bien amueblada y no roída por la carcoma. Si desde el comienzo nos infundieran ánimo, seguridad y soltura, estaríamos preparados para esto y mucho más. Lo sé por experiencia propia. He vivido casos parecidos y no he tenido más remedio que confiar en mis posibilidades. Una de ellas, por ejemplo, consistió en tocar una pieza más, sobre la marcha, para una grabación de televisión porque faltaban cinco minutos para completar el programa (por un error de cálculo de la productora). Estamos en lo mismo: era la Danza Ritual del Fuego, de Manuel de Falla, que tenía trillada, pero que llevaba sin tocar mucho tiempo. Negarme habría sido fácil pues no era mi responsabilidad, pero también me recompuse del susto, apreté los dientes y recibí un monumental aplauso de todos los que en ese momento participaban en la grabación.
Todos hemos tocado de memoria y de principio a fin muchas obras, pasados meses y años, pero solitos y en nuestra casa. El problema viene cuando hay público, cuando alguien nos puede juzgar por un lapsus, cuando reaparecen los fantasmas con los que nos han minado durante lustros. Si sintiésemos esta carrera con un puntito más lúdico, menos trascendente, quizás lograríamos desarrollar nuestras verdaderas capacidades, todo ese potencial que en verdad sabemos que poseemos pero que, por miedo, siempre por miedo, no hacemos más que ocultar y frenar.
Me encanta esta mujer. La adoro. Y ahora mucho más.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Repertorio (III)

A la hora de estudiar repertorio nuevo, siempre tengo la tentación de hacerlo rellenando huecos, es decir, intentando completar alguna colección, sea del tipo que sea y del compositor que sea. Pero me topo con el mismo problema una y otra vez: si los huecos están ahí es porque en su día hubo algún motivo para no taparlo. Lo normal es que dicho motivo sea musical, con lo que no hago más que tropezar en la misma piedra.
La época en la que teníamos que estudiar determinadas obras por imposición del profesor se limita al conservatorio, ya que, aunque la inercia siga durante unos años más, la rebeldía que hemos ido acumulando, en especial en los últimos cursos, nos hace ser dueños de nuestras decisiones. Creo que todos hemos pasado momentos de tedio al tener que leer, poner en pie y memorizar según qué partituras.
También ocurre que, a menudo, una buena pieza musical requiere de bastante tiempo para desentrañarla. Si no somos constantes, puede que nos perdamos el placer de disfrutar no sólo el resultado sonoro sino las tripas, es decir, su estructura, su lenguaje y todos los elementos que la componen. Y no necesariamente me refiero al siglo XX, que también hay creaciones muy densas en el XIX.
Cuando llega el momento de tener preparado algún monográfico, ya sea por un aniversario o porque nos gusta especialmente, se ve perfectamente que tendemos a estudiar lo que nos es más afín. Escuchamos a otro pianista tocando y pensamos que hemos encontrado con qué completar el programa. Nos ponemos a ello y todo va bien hasta que, sin saber cómo, una pequeña desazón nos va invadiendo. Levantamos las manos, cogemos la partitura, empezamos a pasar sus páginas en busca de algo que nos atrape, un segundo movimiento maravilloso quizás, y nada de nada. Pensamos que igual es mala hora para seguir, que estamos cansados (pero si acabamos de empezar), que no estamos tocando bien... Lo dicho, nada de nada.
Voy a soltar la burrada de turno: he llegado a pensar que esos pianistas (con muy pocas excepciones) capaces de empezar por un primer tomo de obras completas y llegar hasta la última sin despeinarse, no sienten lo que están haciendo, son como autómatas. Sólo dedos y nada más que dedos. Eso no es ser músico y se nota en el resultado. Aburrimiento a más no poder.
Después de tantos años estudiando, leyendo y oyendo la música escrita para piano, sigo sin sentirme capaz de montar determinadas obras, ni siquiera por obligación (ahora mucho menos). Me gusta leer, conscientemente o al azar, y hay de todo: verdaderos descubrimientos y verdaderos tostones, incluyendo a todos los compositores habidos y por haber (¿es esto otra burrada?).
Ya que vamos a pasar mucho tiempo en compañía del repertorio que hemos elegido, al menos que nos guste mucho, pero mucho, si no, habrá que recurrir al divorcio exprés.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Jubilatio

Para no transcribir literalmente un texto que no es mío, os remito a la página que explica históricamente el Jubileo y la Jubilatio. Es curioso y describe unas cuantas cosas que han llegado a nuestros días desde las leyes hebreas del tiempo de Moisés.
El caso es que esto de la jubilación, cuando los trabajos tienen una carga física deslomante, se recibe con una inmensa alegría, sobre todo ahora que la expectativa de vida ha aumentado considerablemente (más de cuarenta años en sólo un siglo, que se dice pronto). O sea, que lo normal era morirse antes de jubilarse o casi inmediatamente. Lo que viene siendo el famoso 'usar y tirar'.
Pero no nos preocupemos, que esto de disfrutar del tiempo libre, del ocio, con buena salud y, lo que es más importante, ganas de hacerlo, también nos lo acabarán quitando, que para eso nos dejamos.
Hasta aquí, creo que podemos estar de acuerdo. Ahora, me gustaría animar el patio un poquito con una pequeña percepción personal. A ver si soy capaz de explicarme. Hace poco coincidí con varios antiguos compañeros que trabajan en distintos conservatorios (de diferentes provincias españolas). Tras los saludos alegres y la breve puesta al día de rigor, la frase que salió de la boca de casi todos ellos/as (aquí voy a usar la políticamente correcta diferenciación de géneros, algo que no suelo hacer) venía a indicar que el sueño máximo, el mayor deseo, el único anhelo que les quedaba por delante era jubilarse. Y, salvo dos o tres, al resto aún le queda para alcanzar los sesenta.
La verdad, no sé qué decir. Me quedé un poco estupefacto. Cuando no hace mucho se permitió en determinadas profesiones, entre las que se encuentra la enseñanza, alargar la vida laboral hasta los setenta años de manera voluntaria, creo que fue debido a que, gracias a la susodicha longevidad con cabeza despejada incluida, al personal le podía apetecer sentirse útil, activo y creativo. Así al menos lo entendí yo.
¿Tanto han cambiado las tornas para que nadie quiera permanecer una micra de segundo más de la necesaria compartiendo su saber con los jóvenes estudiantes? ¿Quién o quiénes han logrado desilusionar a tantos profesionales variopintos de una manera tan drástica? ¿Es a causa de la enseñanza o también a causa de la Música?
Pensaba que dedicarse a una profesión cuya materia base es el Arte nos ponía a salvo de fechas y calendarios.
Como Beatriz sabía que iba a tocar este tema, me ha pasado una chuleta con un nombre: Minna Keal.
"Minna nació en Londres en 1909, hija de emigrantes judíos rusos. Le encantaba la música y empezó a estudiar en la Real Academia, pero su padre murió y tuvo que abandonar la carrera a los diecinueve años para ponerse a trabajar. En 1939 entró en el partido comunista y en 1957 se salió tras la invasión de Hungría; se casó dos veces, tuvo un hijo. Durante la guerra, montó una organización para sacar niños judíos de Alemania. La mayor parte de su vida trabajó como secretaria en diversos y aburridos empleos administrativos; a los sesenta años se jubiló y decidió retomar las clases de música y después estudiar composición. Su primera sinfonía fue estrenada en 1989 en los BBC Proms, unos prestigiosos conciertos anuales que se celebran en Royal Albert Hall de Londres. Fue un clamoroso éxito. Minna Keal tenía ochenta años. A partir de entonces, y hasta su muerte, Minna se dedicó intensamente a la música y se convirtió en una de las más notables compositoras contemporáneas europeas. "Creí que estaba llegando al final de mi vida, pero ahora siento como si estuviera empezando. Es como si estuviera viviendo mi vida al revés" dijo tras estrenar en los Proms.
(Rosa Montero, de la novela "La ridícula idea de no volver a verte")
   

jueves, 7 de noviembre de 2013

El poder y la gloria

Hoy hace cien años que nació Albert Camus y esta mañana me leía Beatriz una reseña de las muchas que se han publicado. Hacía alusión a la invitación recibida por parte del Elíseo francés (entiéndase por el presidente de la República) a causa del reconocimiento internacional que Camus recibió por su honestidad e imparcialidad, no siempre bien entendida, por supuesto. Al comunicarle la noticia a su madre, analfabeta y casi sorda, tras repetírsela, ésta le contestó: "Eso no es para nosotros. No vayas hijo, no te fíes. Eso no es para nosotros".
Esto me ha hecho recordar algunas situaciones vividas y oídas, en las que el poder quiere tener cerca a la gente del Arte, de la Cultura. No voy a entrar en el uso político que estos últimos años (demasiados ya) se da en España a los cantantes, actores y escritores. Da igual que sean de derechas o de izquierdas. El caso es que aún no tenemos la suficiente madurez para que, cuando un artista manifiesta públicamente su ideología como ciudadano, no se le castigue o premie en su trabajo. Eso, por ejemplo, no pasa en EE.UU., un pelín más acostumbrados a la democracia.
Parece que un artista no triunfa hasta que no se codea con las altas esferas. Tiene que ser invitado a determinadas galas, tiene que actuar ante ellos ¿de tú a tú?, tiene que reír todas las gracias y ocurrencias de los susodichos, etc... Por otro lado, las crónicas periodísticas tienen más trascendencia y mayor eco cuando reúnen en la foto a un grupito variopinto.
En uno de mis primeros conciertos en Cádiz, en el desaparecido Teatro Andalucía (tendría yo veinticinco años), actué ante un numeroso público con un programa variado (cual bandeja de pescaíto frito). Al día siguiente, o quizás al otro, abrí el Diario de Cádiz en busca de alguna crítica o reseña, foto incluida. Así fue. Se mencionaba el acto, se desglosaba el programa y se comentaba la asistencia de público. Pero lo que más me llamó la atención fue el titular del artículo, en negrita y ocupando el ancho de la página: "El Almirante Jefe de la Zona del Estrecho asiste al concierto de González Calderón". (Acabo de ejercer la autocensura con un par de expresiones que venían a colación).
He actuado ante presidentes autonómicos, consejeros, alcaldes, embajadores, generales, diputados... En más de una ocasión la anunciada asistencia de la reina ocasionó innumerables incomodidades, subsanadas con la conveniente declinación de la invitación a última hora. Hasta un potentísimo empresario rodeado de cuatro guardaespaldas acudió a oírme.
Pero siempre he pensado que un concierto es un acto cultural en el que un artista actúa para el público, independientemente de su cargo. Qué más da quién sea si lo que importa es la música. Se supone que, si asiste, es porque le gusta la música y no para figurar, así que, no hay cargo que valga. Igual que no entiendo la reserva de localidades que, a mayor nivel social mayor probabilidad de permanecer vacías. No hombre, no, que somos todos iguales, al menos en el concierto (y después también).
Supongo que igual soy un bicho raro, pero tampoco me gustan los palcos presidenciales de los teatros (casi siempre sin ocupar). La época en la que los reyes perseguían a las coristas creí que había terminado, pero, al parecer, todo sigue creando mucho morbo.
Bueno, que cada uno haga lo que le dé la gana. Total, lo mismo va a dar, que nadie aprende en cabeza ajena.  

domingo, 3 de noviembre de 2013

Otro concurso

Treinta y tres participantes es un número nada despreciable para un concurso. De una manera fortuita, casi por casualidad, fui nombrado miembro del jurado que tendría que elegir al ganador. En estos casos no puedo evitar nunca recordar los varios certámenes a los que me presenté, con bastante buena fortuna en todos ellos.
Me llamó mucho la atención el buen ambiente reinante, no sólo entre los chavales, muy jóvenes, niños todavía, sino también entre los padres y demás familiares. Todo era jovialidad, despreocupación, ilusión, ganas de pasarlo bien, en definitiva.
Los organizadores nos dieron el visto bueno para comenzar y lo hicimos llamando a cada concursante por riguroso orden de inscripción. Quedaba por delante una tarea importante. Por mi parte no quería que nadie pudiera pensar o sentir que no se le había prestado la debida atención, así que, todos los sentidos en alerta amarilla (tampoco hay que pasarse que la tensión acumulada siempre se paga).
Previamente, los miembros del jurado mantuvimos una breve reunión en la que perfilamos los aspectos en los que deberíamos centrarnos, ya que son muchos y variados los criterios para una prueba de estas características. A la calidad, decidimos sumar la concentración y el estar metido en situación, es decir, la actitud ante el público. Por cierto que, hablando del público, hay que reconocerle su saber estar en todo momento, mostrándose ecuánime y animoso con propios y extraños.
Se iban a disputar dos etapas, es decir, semifinal y final. La primera la harían más de cara al jurado, casi dando la espalda al respetable, para que pudiésemos evaluar con la vista y el oído (además de con el alma, por supuesto). Uno tras otro, con tres o cuatro ausencias, no recuerdo bien, fueron pasando durante un corto espacio de tiempo, y casi todos dieron lo mejor de sí mismos con una tranquilidad envidiable. Muy pocos se pusieron algo nerviosos, sin dejar de buscar con la mirada el apoyo familiar, lo que hizo que, al desconcentrarse, no tuvieran una buena actuación.
En general, un nivel altísimo. Sorprendente.
Pasada esta ronda, nos reunimos intentando ser breves por aquello de los nervios, y decidimos que pasaran a la final nueve. Ni que decir tiene que fuimos objetivos al máximo y que nadie protestó, al contrario, vimos caras de deber bien cumplido.
De inmediato continuamos con la final. Nos colocamos entre el público para que la actuación fuese más real. Ahora si estaban los seleccionados con el rostro algo más grave, con la sonrisa un poco tensa, como con la responsabilidad del que se sabe elegido y no quiere defraudar. Sólo uno de ellos bajó su nivel. El resto lo igualó e incluso lo superó. Fue una final rápida. Claramente destacaron tres. Para mí, de ellos, dos estaban igualados precisamente por ser distintos, por tener características individuales. Los votos del jurado deshicieron el empate y, sin apenas pausa, comunicamos el veredicto a todos los presentes quienes, con cada nombre, rompían en fuertes aplausos.
Fue una velada estupenda. Nada enturbió el concurso. Ninguna sombra de las muchas que recordaba de ocasiones anteriores. Qué gozada.
¡Ah!, por cierto, se me ha olvidado mencionar que el concurso del que estoy hablando se celebró el pasado jueves 31 de octubre, durante el transcurso del Mercado de Artesanos de Bellavista, en Huelva, y era un concurso para niños de gritos de terror con motivo de la noche de Halloween.
¡Espeluznante! Y caramelos para todos...

miércoles, 30 de octubre de 2013

Concierto didáctico

Este lunes pasado he tenido la ocasión de actuar en la misma localidad y con la misma obra para dos públicos diferentes. Por la mañana fue para cerca de quinientos escolares y por la tarde/noche para el público adulto. Y, como estamos de gira, pues fue con la ya mencionada en otras entradas Imágenes para El Principito, para violonchelo y piano.
El enfoque que hay que dar a un concierto cuando se dirige a los niños admite variantes, aunque pienso que cuanto más cerca de la realidad esté lo que se ofrece, mejor. De toda la vida, un concierto didáctico consistía en que, previa a la interpretación de las obras, el o los músicos explicaban de una manera clara y sencilla algún aspecto destacado de la música, del compositor, del instrumento o de cualquier otra cosa que sirviera para atraer la atención de esos nuevos oyentes. Se usaban ejemplos inmediatos y se atendían a las variopintas preguntas que del auditorio emanaban.
Ahora parece que, además, hay que disfrazarse, actuar exageradamente, representar un papel o, incluso, hacer de cómico. Programas de televisión hay que dan fe de lo que digo. Y no sé yo si esto al final beneficia o perjudica.
Por mucho que nos empeñemos, lo que necesita la música es tiempo para oírla. Toda esa teoría de que hay que entenderla, comprenderla, visualizarla, analizarla..., me parece que va por otros derroteros. A mí, de siempre, sólo me ha gustado oírla y sentirla. Lo demás forma parte del estudio; pero como público, como oyente, creo que no necesita de ayuda alguna.
Por eso pienso que lo esencial en un concierto didáctico es lograr que los chavales presten atención a lo que allí ocurre, delante de ellos, en vivo y en directo. En este caso concreto, la lectura de unos fragmentos del libro les prepara la audición. Entre pieza y pieza, se les dice qué viene a continuación, y cuando acaba cada una, estallan en aplausos, silbidos y gritos, con lo que logramos que desfoguen antes de pasar a la siguiente, que escuchan atentamente. Es decir, objetivo conseguido.
Con otro tipo de obras, creo que no es aconsejable dar clases de Formas Musicales, de Armonía o de Historia y Estética. Realmente no hace falta. Si pretendemos que la música les atraiga será mejor que no les aburramos de antemano. De ser así, no pararán de mirar el reloj, de moverse incómodos en las butacas y, por supuesto, de comenzar a charlar que, más que molestar, sólo servirá para que no escuchen nada de nada.
Por eso, insisto, si lo que hacemos se acerca a la realidad, poco a poco lograremos que se habitúen a prestar atención a lo que más adelante contemplarán como espectadores, a lo que de verdad se van a encontrar, y a descubrir paulatinamente todos los placeres que puede provocar ir a un concierto en directo. Que lo que comenten al salir sea sobre la música.
Todo menos que dentro de nada, en cualquier recital, nos pidan actuar vestidos de época o que los niños puedan salir al escenario a saltar, bailar o a toquetearlo todo.
Un poquito de por favor...

domingo, 27 de octubre de 2013

José Manuel de Diego (Melancolía)

Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el Huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.
Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.
Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillaban en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.
-¡Platero amigo! - le dije yo a la tierra-; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí?
Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio...
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXV Melancolía).

Sólo en muy contadas ocasiones la vida parece tambalearse. Cuando alguien como José Manuel nos deja, te obliga a replantearte muchas cosas, a redefinir el sentido de nuestra existencia.
La razón no puede explicar nada, no tiene lógica.
Calificar a José Manuel es muy fácil pues no tenía trampa. Era transparente, como son las personas nobles y buenas. Todos tenemos recuerdos suyos de cariño y de ánimo con el piano, además de las infinitas anécdotas que contaba con su inigualable sentido del humor.
No es justo. No hay derecho. Este mundo era un poco mejor con él aquí. Y aquí tenía que seguir por muchos años, con Lilí, con sus hijos, con sus amigos, con sus alumnos.
Nos tendremos que conformar con su recuerdo, con su memoria, con su risa, con su música (ese Carnaval de Schumann), con sus chistes, con sus gestos.
La vida se tambalea. La tristeza es grande. La melancolía será permanente. La nostalgia...

Platero, tú nos ves, ¿verdad? ¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria del huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
¿Verdad que ves a los niños corriendo arrebatados entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú nos ves, ¿verdad? (...)
(Juan Ramón Jiménez. Platero y Yo, capítulo CXXXIII Nostalgia).

  

miércoles, 23 de octubre de 2013

De noche

Con sólo cuatro días de diferencia, he tenido que recorrer dos distancias muy similares, de algo más de seiscientos kilómetros ida y vuelta, pero en condiciones muy distintas.
Nos ponemos en marcha con la suficiente antelación para llegar al destino sin prisas y poder estirar las piernas un poco así como calentar las manos y probar la acústica. Tarde soleada de viernes, comienzo de fin de semana, con atasco coordinado exactamente para atravesar Sevilla. Como mi hija insiste en conducir a la ida, en esas horas posteriores a la comida en la que los párpados pesan lo suyo, yo estoy encantado. Beatriz, de quien ya comenté que es la mejor copiloto, le hace el recorrido lo más ameno y entretenido posible. Mientras, coloco mi organismo en modo ahorro y me hago invisible. Así da gusto, la verdad.
La vista del mar siempre es recibida con alegría, que parece que tenemos agua salada en las venas. Afortunadamente no hay excesiva humedad y las manos no están tan pegajosas como suelen en estos ambientes. Pedazo de concierto, todo hay que decirlo aunque suene inmodesto, de nuevo con mi obra sobre El Principito, para violonchelo y piano. Y a la vuelta, cojo yo el volante para que mi hija pueda comentar (vía teléfono móvil) con media humanidad (millón arriba/abajo) lo guapa que estaba y lo bien que ha tocado.
La luna está, más que llena, rebosante. Apenas una nube en el cielo y podría conducir con las luces apagadas (locura que ya probé en esos años en los que el peligro no se siente). El camino entre montañas se llena de sombras azules. Así podríamos rodar toda la noche. Un placer único.
Ayer martes la dirección era hacia el interior, hacia otro mar, el de los verdes olivos. Con los mismos preparativos y el mismo atasco (¿para cuándo la SE-40?), enfilamos la A-IV con el limpiaparabrisas sin dejar de funcionar ni un solo segundo. Lo más incómodo de todo son los camiones que, aunque sea autovía, levantan cortinas de agua que el viento se encarga de acrecentar. Pero ahí está mi hija, cual brava timonel amarrada a su timón, manteniendo el rumbo impertérrita.
No voy a ser pesado con que mi obra gusta y el público sale emocionado. Eso sí, los piropos a la violonchelista fueron incesantes. El regreso sé que va a ser más difícil. La lluvia no es tan fuerte pero no cesa. Un buen tramo de casi cien kilómetros es de carretera secundaria y apenas se ve ni la pintura del asfalto. Para colmo, todo son curvas y cuestas. Los cuatro ojos de piloto y la copiloto vigilan sin descanso en busca de bolsas de agua (que las hubo) y de escorrentías con barro. Conforme nos acercábamos a casa íbamos dejando atrás la borrasca. Hora de poner música y relajar los hombros. Rodar toda la noche así sería bastante más difícil y cansado.
Pero estas cosas no se piensan. Al concierto se va y se vuelve, forma parte del trabajo. Forma parte de esta vida.

domingo, 20 de octubre de 2013

Televisión Local

Puede que aún esté calentando o que acabe de dejarlo todo preparado: la banqueta a la distancia adecuada, el atril quitado o con la partitura colocada, dependiendo del caso, una última comprobación a la afinación, un vistazo a la sala y listo.
Entonces, oigo el chasquido, como una claqueta, como un latigazo metálico. Luego otro y después un tercero. Clavas la mirada intentando recibir otra como respuesta. Nada. Observas cómo una persona desconocida está dedicándose a montar un trípode sobre el que instalará el maquinón (léase cámara de vídeo profesional) con el que tú no sabes muy bien qué piensa hacer. Bueno, sí, un mínimo de inteligencia es capaz de entender que va a grabar imagen y sonido de tu concierto. Obvio.
Aún recuerdo los días en los que comenzaban a florecer las televisiones locales, por no decir las generalistas, que todo fue a la vez, y se acercaban uno o dos jóvenes a comentarte (literalmente: mira, te comento...) que les gustaría grabar unos minutos de tu recital para las noticias de su cadena. O, si no, se te acercaba el técnico de cultura a presentarte al cámara que quería pedirte permiso para grabar todo porque así tenían material para emitir.
Pero poco a poco, imperceptiblemente, se fueron perdiendo las buenas maneras y la educación, incluso el respeto por tu trabajo. Hoy es frecuente que la escena comience tal y como he relatado arriba. Ni te mira, ni te saluda, ni te habla. A lo suyo. Después de muchos años pidiendo a cambio sólo una copia de la grabación para tenerla de recuerdo, ya que la empresa se iba a beneficiar de mi trabajo de manera gratuita, conseguir una respuesta afirmativa y tener en mi poder como mucho dos cintas de VHS, comencé a hacer como los grandes, los que salen en las noticias de las tres, es decir, advertirles de que sólo podrían grabar cinco minutos.
Os podéis imaginar las respuestas. En honor a la verdad, diré que hay gente muy amable y comprensiva que entiende lo que propongo y se limitan a cumplirlo, abandonando la sala en el momento oportuno para molestar lo menos posible. Pero mis preferidos son los que, en plan americano, te gritan que estamos en un sitio público y que ellos cumplen con una labor informativa. Cuando les repito que no puede ser, recurren a argumentos peregrinos que de nada les valen. Entonces sí me quedo esperando el momento en el que estoy tocando con toda mi atención puesta en la obra, para no sobresaltarme cuando oiga de nuevo los tres chasquidos, esta vez a la inversa, todos los golpes posibles con la cámara y el macuto, así como los pasos firmes hacia la salida, portazo incluido.
¿De verdad sirve para algo que te graben las locales? En el mejor de los casos se limitan a repetir hasta el hartazgo tu concierto, lo que no quiere decir que la gente lo vea. Como consecuencia, la próxima vez que vayas a dicha localidad a actuar no se van a formar colas para ir a verte gracias a tanta publicidad, sino que, si alguno se ha enterado de quién eres y lo que haces, preferirá hacerlo cómodamente desde su butaca con la cena en una bandeja (aunque me temo que esto raya con la ciencia ficción).
La grabación para televisión ha de hacerse bien, al igual que las de radio. Es nuestra tarjeta de visita y, repito, nuestro trabajo.
Y si los políticos usan el medio para pregonar lo bien que lo hacen, al menos que te pidan permiso y no lleguen abusando de su autoridad. Hasta ahí podíamos llegar.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Cambiar el mundo

Me pasa Beatriz una entrada del Facebook del profesor Julián Casanova (catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, a quien deberían dejar explicar a todos los españoles cómo fue nuestro siglo XX para que pudiéramos salir del bucle en el que nos movemos), que cita textualmente a Luis Buñuel: "Un artista no puede cambiar el mundo. Pero puede mantener vivo un margen esencial de inconformismo".
Cada vez que hago repaso de las entradas que llevo y las releo para intentar no repetirme involuntariamente, me doy cuenta de que no puedo desligar la vida, personal y colectiva, del piano. De ahí que de vez en cuando clame contra los que han decidido hacernos el bien y en tono paternalista no paran de reprendernos y castigarnos. Estoy convencido de que, por mucho que queramos aislarnos en nuestra burbuja musical, acaban salpicándonos y poniéndonos perdidos del barro que de ellos emana.
Del inconformismo de los artistas puedo hablar con la autoridad del que ha sido conformista. Durante demasiado tiempo pensé que serlo (conformista) era mejor para todos pues así dejaba a los demás ejercer su libertad. ¿Quién era yo para contradecir a nadie? Si el otro tenía clara su postura, bienvenida fuera. Claro, eso no quitaba para que igual por dentro me reconcomiera al contemplar actos y oír sentencias contrarias a mi ser.
El destino quiso que por fin se cruzara visiblemente (es una historia muy curiosa que no pienso contar) la persona que me ayudó a destaparme. Desde entonces, la óptica con la que veo la existencia humana parece salida directamente de la fabrica Carl Zeiss. Y va en aumento, valga la redundancia.
Una frase que yo aplicaba sin ser consciente era "por mí que no quede". O sea, en lo que dependa de mí, haré todo lo posible y hasta lo imposible. ¿O es mejor dejar que pase lo que se ve que va a pasar y después dedicarnos a las lamentaciones con la carita torcida o lágrimas de cocodrilo? A veces resulta agotador seguir esta máxima, pero tiene como contraprestación la ausencia de arrepentimiento por lo eludido. No podemos con todo y no tenemos capacidad de solucionar todo, pero hay que intentarlo.
Si nos decidiéramos a poner un pequeño impulso inconformista en común, la fuerza creada equivaldría a trillones de kilopondios. Imaginad un mundo que funcionase sólo por la energía generada por el inconformismo, ése que nos entra a todos sin excepción cuando contemplamos las injusticias y abusos de poder que se cometen a diario, y no me refiero sólo a la política, que esto es mucho más cercano de lo que creemos.
Los grandes creadores musicales, esos que han dado sentido a nuestras vidas, sí cambiaron el mundo, lo hicieron mucho mejor. Ninguno se conformó con su circunstancia. Luchó por evolucionar, por avanzar, por compartir. No podemos compararnos con ellos pero sí podemos seguir su ejemplo. Imaginad a Mozart o a Beethoven con la boca cerrada o con su música silenciada. No serían ellos, ¿verdad?
Lo fácil es abandonar, desistir. ¿Y qué nos quedaría? La subsistencia, no la existencia.
Puede que eso sea lo que nos diferencie del mundo animal. O quizás del vegetal.
Todo menos quedarnos en mineral.

domingo, 13 de octubre de 2013

Contento

Así me siento: contento. Y parece algo casi imposible de lograr tal como está el patio. Mires para donde mires sólo hay desilusión, crispación, desánimo, violencia verbal... Por no hablar de las continuas salidas a la luz de las hermanitas de la caridad que no han roto un plato en su vida en forma de sindicalistas, directores generales, consejeros autonómicos, políticos de cualquier partido, ex-ministros, cuñados, familia real, gerentes de lo que sea, intermediarios..., a quienes ponen la guinda mis favoritos, los encargados de usar el lanzallamas contra la cultura y la educación con una cara de satisfacción que ni los malos de las películas malas: Wert y Montoro, auténticos pirómanos sin escrúpulos, que encima quieren aparecer como bomberos.
Pero yo... OOOOOMMMMM, sin prisas, con mucho eco.
Cuando en el origen de mi carrera decidí abandonar la senda segura en busca del auténtico ejercicio de la profesión (al menos desde mi punto de vista), sin ninguna red protectora (aunque con un ángel de la guarda que ya quisieran muchos para sí, que ofertas no han faltado), sentía continuamente una especie de euforia, de alegría, de fuerza y de valentía que muchos años después se fue diluyendo, aunque no perdiendo. Es como si, una vez conseguido el objetivo, hubiese normalizado ese estado.
Pero ahora, curiosamente, ha vuelto con la misma contundencia, lleno de brío. Diría, incluso, que hasta con rabia. Casi treinta años después, ha vuelto a ser transparente. Y sólo puedo sentirme contento.
Cuando miras hacia atrás y contemplas el camino recorrido es imposible no estar satisfecho y orgulloso. El problema viene al permitir que todo el ruido permanente e interesado en el que vivimos atraviese nuestras defensas y nos haga tambalear. La vida ya viene cargada de sustancia por sí sola (y de materia orgánica) y hay que pelear aunque no se quiera, por lo que el desgaste está garantizado. Pero si nos distraemos en exceso y perdemos el Norte, que al final es lo que a diario intentan para manejarnos y llevarnos al matadero, seremos presas fáciles para la trampa que nos han tendido estos fulanos.
No quieren personas formadas, independientes, inteligentes, intrépidas, vitalistas y libres; ¡claro que no!, que poco les iba a durar la poltrona. Quieren borregos asustadizos que se contenten con los restos de sus migajas.
Si todos nosotros un día decidimos emprender este camino apasionante, cada cual a su manera, que no hay normas, sólo podemos estar contentos por ser conscientes de que ya tuvimos que enfrentarnos a mil y una vicisitudes, y de que las superamos con éxito. Ahora estamos inmersos en otra más, así de simple, pero con la convicción que dan los años y con la energía renovada que nunca se perdió.
Miremos sólo en una dirección y decidamos seguir viviendo nuestra vida, la única que tenemos. Es en nuestra parcela donde la desarrollamos y es la que tenemos que cuidar y mimar. Lo demás, a poco que se lea un poco de Historia, nada nuevo bajo el sol. Además, si estos prendas nos ven contentos, a lo mejor se les hiela esa sonrisa del que cree que ha ganado y se los traga una ballena.
¡Ojalá!

miércoles, 9 de octubre de 2013

En coche

He calculado por encima los kilómetros que llevo recorridos sentado al volante y pueden estar por encima de los 750.000, sin exagerar, sumando los cuenta kilómetros de los distintos coches que he tenido. Se podrían añadir los que he 'sufrido' como copiloto (ya sabéis cómo un conductor, cuando va en el asiento derecho, saca los pies por delante frenando a cada instante), que no bajan de los 50.000.
Esto es pisando asfalto, mi medio de transporte habitual. No puedo olvidar el tiempo pasado entre autobuses, trenes y aviones (y el ferry a Ceuta, que también cuenta).
Cuando tienes en la cabeza la hora de llegada a un destino en el que vas a dar un concierto, hay que reservar siempre un margen para imprevistos, desde un simple pinchazo a un atasco por obras. No es lo mismo, obviamente, tener que atravesar la península (Cádiz-Pontevedra, por ejemplo) que tocar al lado de casa y poder ir dando un 'tranquilo' paseo.
La verdad es que, para tanto trajín, tengo que reconocer que el balance de sucesos es muy positivo. Con mi primer trasto siempre estaba al tanto de los 'platinos'. Cuando empezaba a dar tirones, miraba a Beatriz (quien por cierto se ha tragado los mismos kilómetros que yo ejerciendo de ejemplar copiloto y sin pegar jamás una cabezada, al contrario, dándome toda la conversación posible para hacer llevaderas las horas y para evitar el sueño), y al unísono soltábamos la misma expresión: "¡los platillos!".
En una ocasión, en esas paradas tácticas que nos gusta hacer, quisimos estirarnos un poco, antes de llegar a Jaén, en plena naturaleza. Usamos un camino secundario en el que no pudimos adentrarnos demasiado a causa del barro que dejó la lluvia de los días anteriores. Cuando íbamos a incorporarnos a la carretera, con el peso del morro por el motor, se quedaron las dos ruedas delanteras hundidas. Ese día, y como cosa rara, llevaba puestos los zapatos de concierto. Y ahí me tenéis metiendo debajo de los neumáticos ramas, piedras y cualquier cosa que sirviera para facilitar el agarre. Imposible. Afortunadamente, Beatriz detectó un ruido lejano de motosierra y se adentró, campo a través, volviendo al poco con dos agricultores en un todo terreno que nos sacaron amarrando una cuerda.
Todas las flamantes, y cada vez peor conservadas, autopistas y autovías de España las he visto construir. ¿Sabéis lo que eso significa? Primero y fundamental, que antes no había sino carreteras nacionales, es decir, un carril por cada sentido, camiones por todos lados y travesías urbanas en hora punta. Con mucha suerte se podía calcular la velocidad media en 70 u 80 km/h. Y lo segundo es que, mientras se construían, todo eran obras, maquinaria pesada, cortes de tráfico y desvíos por caminos de cabras. Ahora sí que era un milagro mantener esa velocidad media.
Antes de decidirme por esta carrera pensaba que el volante de un coche podía tensarte los músculos y ser perjudicial para el concierto, por lo que había que viajar un día antes o ser llevado por un chófer profesional. Con el carné recién sacado, evidentemente, se conduce con cierta tensión, pero poco más.
Ya seguiré contando más batallitas. Lo único que recomiendo es un buen seguro de viaje para ir más tranquilo. Y una buena discoteca, bien en Cd o en mp3, para esos paisajes en los que sólo falta la banda sonora.

domingo, 6 de octubre de 2013

Otoño

Supongo que nadie podrá negar que el tiempo vuela. Hace nada estaba metido en el agua o tumbado en la arena, sintiendo la cálida brisa veraniega y la "salada claridad", cuando, sin aviso, el aire comenzó a traer olores y sonidos distintos.
Da gusto salir al campo de nuevo a cualquier hora sin temor al sol, aunque la paulatina pérdida de luz acorte el día sin remedio. El atardecer deja imágenes sorprendentes, llenas de color reflejado en las nubes. Los paseos vuelven a ser largos y tranquilos.
Si hace muy poco estaba recogiendo moras, con las que Beatriz adornó suculentas tartas, este mismo viernes volví con una bolsa cargada de granadas. Todo al alcance de la mano. En las parcelas privadas acaban de recoger la uva y están con la aceituna. En breve podré acercarme a las respectivas cooperativas a por el mosto nuevo (y el vino de pasas, un néctar único) y a por el aceite virgen, afrutado como ninguno.
Ya he visto en la frutería los primeros membrillos. A poco que estén algo más maduros van a ser pelados, troceados, hervidos y, una vez limpios de semillas y unidos con el ochenta por ciento de su peso de azúcar, removidos pacientemente por mí durante mínimo una hora y media hasta lograr una memorable delicia. Nada que ver con la que viene envasada. Después de cada comida irá cayendo paulatinamente, a trocitos o a cucharadas, hasta que la cordura aconseja dejarlo hasta el día siguiente.
La tierra vuelve a ser marrón. Los verdes y amarillos volaron como si nada y ahora sólo quedan, si acaso, algunos restos carbonizados tras el paso de las máquinas recolectoras y la quema de los rastrojos. Las primeras lluvias han asentado el polvo de los caminos y limpiado el color blanquecino de las plantas silvestres y de los árboles. Se respira la pureza. Da gusto percibir a través de los sentidos toda la maravilla que nos rodea.
Tras un día cargado de estudio, de gestiones telefónicas, de correos electrónicos, con la cabeza un poco cansada, poder dejar atrás todo y sumergirse en este mundo auténtico no tiene precio. La vista, el olfato, el oído, saturados de belleza y pureza.
Por aquí aún tenemos por delante un mes cálido para disfrutar sin sudores y vistiendo sólo una camiseta. Un buen día, inesperadamente, soplará una brisa del norte que nos obligará a echar las mantas y sacar los jerséis. Pero, hasta entonces, pienso disfrutar todo lo que pueda de esta luz y de esta temperatura.
Es lo único que no nos podrán quitar jamás.