miércoles, 15 de agosto de 2012

¡I love Zarzuela!

Esta frase, en boca de un surcoreano y de un neoyorkino, me dejó patidifuso. Les pregunté si tenían alguna favorita, cómo la conocían, si se estudiaba en la Manhattan, si habían leído algo al respecto... Se miraban muertos de risa y yo no entendía nada.
Como ya era la hora de comer nos dirigimos al restaurante habitual, de excelente relación calidad/precio. Cuando llegó nuestro camarero me preguntó sólo a mí qué quería comer. Cuando le demandé por la comida de ellos me respondió con rotundidad: para estos dos lo de siempre, Zarzuela..., ¡Zarzuela de marisco!
Con su langosta, sus cigalas, sus gambas, sus mejillones, su mero, su rape y sus calamares. ¡Qué cara de felicidad tenían! Llevaban toda la semana comiendo lo mismo. Además, les salía baratísima con sus dólares de entonces (1988). Pues que sean tres.
Eran los momentos de distensión entre las pruebas del concurso, el Jaén. O estábamos estudiando o estábamos concursando. Fue agotador, pues había que añadir la preparación previa de varios meses. Aún recuerdo mi segunda prueba como una de las ocasiones en las que he tocado impecablemente (tuvo que ser así para pasar a la final). En vez de los cuatro concursantes previstos llegamos a la última tanda siete pianistas. Y, claro, ahí salieron las navajas, que no había para todos.
La maldición de la Zarzuela se cumplió: todos aquellos que la hubieran probado se quedarían sin premio. No era justo. Recuerdo, como si hubiera sido hace media hora, que el que me quitó el segundo premio (de todo se tiene uno que enterar, para mayor cabreo) no dio la talla en la semifinal y tenía que haber sido eliminado. Pero no, los dioses estaban de su lado. Aún sigo sin entender el premio de música española a una japonesa cuando mi Fantasía Baetica fue insuperable y, sin duda, más Baetica (de todo se tiene uno que enterar, insisto).
Me dio pena por los trabajadores de mi hotel (en el que me alojaba, no es que fuera el propietario), que ya hacían sus apuestas y me veían subido al podio. Y me dio pena por mí, que ya hacía mis planes, no sólo económicos, sino profesionales por la repercusión del premio.
Yo siempre he sido un ingenuo y me resisto a dejar de serlo, aunque ya no soy tan tonto. Pero es verdad que duele competir en buena lid y sentir las injusticias y los manejos subrepticios. El colmo fue la justificación por uno de los gloriosos y reiterados miembros del jurado de algo que no tenía sustento. Mejor hubiera estado calladito. En vez de comprender la situación logró aumentar mi malestar, compartido con mis compañeros de mesa, que tampoco entendían nada (teníais que verlos tocar, dos genios, cada uno a su estilo).
Por eso, siempre que me llaman para formar parte de un jurado, me esfuerzo por estar del lado de los concursantes, enfrentándome a quien haga falta. A veces me duele el desprecio que algunas personas vierten sobre jóvenes ilusionados y con talento. No puedo desligar mi experiencia de concursante de la de jurado. Es un todo.
Hay cosas que sigo sin entender. De nuevo un primer premio desierto en Santander... (algún día me gustaría opinar abiertamente sobre este concurso; ¿merecerá siquiera la pena?)
De todas formas, fue mi amigo Young-Ho Kim, más rodado que yo, quien me aconsejó sobre la actitud a tomar. No había que poner todas las expectativas en una sola competición, ya que la repetición exacta de las pruebas con otro jurado y en otra ciudad daba siempre un resultado diferente. Era mejor quitar hierro, por mucho coraje que diera (él también se llevó un disgusto, que no somos de piedra). Si sale bien, estupendo; si no, a reciclar y a por el siguiente.
Un concurso no es un concierto. Esto de comparar pianistas no sé yo si es sano ni si es posible, pero es lo que hay. Así que, a reírnos (aunque sea a toro pasado), a disfrutar y a no desfallecer, que el camino es muy largo.
Y si lo hacemos, si flaqueamos, ¡a por la Zarzuela! 
 

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